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A la caza de un hogar entre las ruinas

Familias que llegaron a la Isla durante el ‘boom’ de la construcción, hace veinte años, deciden ocupar apartamentos inacabados en Costa Teguise ante los altos precios de la vivienda

Saúl García 0 COMENTARIOS 14/10/2022 - 06:29

Se anunciaba como un complejo turístico residencial y le pusieron el pomposo nombre de Club del Rey, por su cercanía a la residencia de La Mareta. Se iban a vender viviendas unifamiliares, apartamentos, bungalows aislados con jardín privado o “penthouses de lujo” con amplia terraza, algunos de ellos con jardín privado. La construcción no llegó a terminarse. Los tribunales la paralizaron.

De los llamados esqueletos de Costa Teguise es el único que no tiene un edificio principal. Son apartamentos que van desde la Avenida del Mar hasta la Avenida Las Palmeras, distribuidos en varias hileras. Iban a ser 157 unidades con 461 plazas en más de 15.000 metros cuadrados, con una categoría de cuatro llaves.

Los titulares de la licencia eran dos sociedades: Explotaciones Hoteleras Canarias, cuyo administrador es el empresario Francisco Martínez, y Lanzagal Promotores. El Cabildo de Lanzarote recurrió la licencia en el año 2000, la primera sentencia es de octubre de 2005 y la firme de 2008.

Se anuló, como tantos otros, porque no se había respetado el acuerdo de suspensión de licencias aprobado para tramitar la moratoria, pero el caso es que tampoco contaba con informe de compatibilidad con el Plan Insular de Ordenación (PIO), ni con informe jurídico municipal, ni se ajustaba a la normativa que solo permitía hoteles y no apartamentos.

Además, cuando el Ayuntamiento de Teguise aprobó estas plazas, se había sobrepasado ya en seis veces el tope previsto para esa zona. La obra, por tanto, se quedó a medias. Se ejecutaron la mayor parte de las unidades pero no se llegaron a terminar. Tienen suelo, techo, habitaciones y huecos para las puertas y ventanas. Tienen todo lo que hace falta para una casa y nada de lo que conforma un hogar. Por supuesto, no hay luz ni agua corriente, no hay sanitarios ni puertas ni ventanas y, mucho menos, aceras o jardines.

Las telas, lonas o cartones son las encargadas de aportar intimidad. Las casas están pintadas por fuera pero no por dentro y los escombros están por todas partes. Un hombre y una mujer caminan hacia la calle. El primero dice que vive allí desde hace más de tres años en una de las casas más alejadas de la carretera. Tiene problemas de salud, pero dice que allí se vive bien, “tranquilo y sin problemas”. La mujer dice que es de Tenerife y solo lleva una semana.

“Ha habido mucho movimiento últimamente, esto se ha llenado”, dice el hombre, que prefiere no dar más detalles sobre sí mismo y no quiere enseñar la casa que ocupa, aunque sí dice que tiene placas solares. Cuenta que hace poco acudieron agentes de la Guardia Civil “a empadronar a la gente” y señala el final de la hilera: “Pregunten por Gladys”.

Residentes

La hilera, con casas a ambos lados, es un camino por el que pasan los coches sin problema. Los cascotes y escombros están apilados en los márgenes. En algunas casas alguien ha escrito la leyenda “adjudicada”. En otras hay carteles de madera: “Familia Urbano, 31-08-2022” o “Familia Chamorro Quiroz. Empadronado 28-08-2022”.

Tienen todo lo que hace falta para una casa y nada de lo que conforma un hogar

De la última casa a la izquierda aparece una mujer de algo más de cincuenta años. La acompaña un hombre que se queda en la vivienda y después contará que fue encargado de una conocida empresa de la Isla. Tiene 76 años y está ejerciendo de albañil. A su lado, varios sacos de arena y una carretilla. “Lo principal es impermeabilizar el techo”, dirá.

La mujer explica que están arreglando la casa para su hija Jesenia, para que venga a vivir. Cuenta que ahora vive en Arrecife y trabaja a turno partido en Puerto del Carmen: “Cobra mil euros y se gasta más de 300 en gasolina”. Pide una oportunidad para su hija porque “hay muchas familias sin casa y los alquileres están muy caros”. “Somos conscientes de que somos ocupas, pero le ponemos limpieza y orden”, añade. Dice que la Guardia Civil les dijo que estaban mejor ellas aquí que los que había antes, y que les advirtieron: “lo primero, limpien y cierren”.

Todo limpio

Una vecina ha oído voces y sale. Es Patricia. También es de Colombia y, como su nueva vecina, lleva más de veinte años en la Isla. “Lo hemos dejado todo esto limpio entre todos”, es lo primero que dice. También señala que es “una pena” que esté abandonado y que intentarán solucionarlo poco a poco, pero que, de momento, solo va a arreglar el salón, la cocina y un baño.

Muestra su casa. Hay una mesa, dos sillas, una cama, macetas, una estantería con vajilla, un sofá y una mesilla con flores. Se pregunta si les dejarán poner la luz o el agua. Dice que solo ha dormido una noche ahí y que tampoco tiene miedo de que la echen una vez que haya arreglado la casa porque confía “en el Señor”, porque “Dios es grande y poderoso”. Entre los gastos y el alquiler, en Santa Coloma se le van casi 800 euros al mes. Gana 1.400 y tiene que enviar dinero a su familia. “Todo ha subido mucho, somos gente trabajadora, temerosa de Dios, y somos personas decentes, no somos viciosos, yo no conozco ni el bingo”.

Dice Patricia que tiene un sueño en su corazón: “que venga el alcalde, que vea lo que hacemos aquí, cómo limpiamos y que nos dejen quedarnos”. Cada vecino ha colocado piedritas en forma de sendero a la entrada de su casa, o varios bloques formando una escalera.

Aparece otra vecina. Es Claudia Viviana. Su caso es muy parecido. Paga 700 euros de alquiler y ahora tiene 500 euros de ingresos porque trabaja solo tres días a la semana. “Mi esposo no trabaja, pero nos ayuda mi hijo”. Ha ido a Club del Rey acompañada por su madre, que la espera en el coche.

El vecindario se va completando: otra mujer, peruana, dice que va a ir a vivir con sus dos sobrinos. Ha estado más de veinte años trabajando en Playa Blanca y ahora cobra 800 euros de pensión y paga 550 por un piso en Argana Alta.

Círculo

El perfil de los recién llegados a Club del Rey es muy similar. Son de Colombia, Ecuador o Perú. Todos llegaron con la llamada del boom de la construcción de finales del siglo XX y principios del XXI. Es el mismo boom al que pertenecen estos apartamentos fallidos. Han trabajado o trabajan aún, ellos y sus familias, en la hostelería, la construcción o la limpieza. Tienen hijos o nietos lanzaroteños y siguen enviando dinero a sus familiares.

Más de veinte años después de su llegada, su situación no ha mejorado demasiado: la precariedad laboral, el aumento del alquiler y de los precios les lleva a una aventura incierta: intentar adecentar unos apartamentos abandonados en una zona turística con el deseo de quedarse a vivir.

“Cada día es todo más costoso y los propietarios abusan”, dicen los vecinos

Finalmente, aparece Gladys. Insiste en cómo estaba todo cuando llegaron y dice que de su casa sacó unas 400 bolsas de basura. “Vomité nada más entrar”, afirma, por el fuerte olor a excrementos y de garrafas llenas de orina. “Yo no me explico cómo puede haber personas que viven en estas condiciones, porque puedes ser pobre, pero la limpieza...”.

Compara esta zona con la de más arriba, con la que no tienen relación, donde apenas hay dos o tres casas ocupadas desde hace años y donde la acumulación de basura es insuperable. Los recién llegados están en la segunda y tercera hilera, paralelas a la carretera. Se han sumado a los de la primera hilera que llevan ahí entre tres y cuatro años y tienen hasta placas solares.

Gladys enseña su vivienda. “Perdona el desorden”, dice, pero el caso es que, lo poco que hay, está ordenado. Llama más la atención lo que no hay: pintura, suelo, sanitarios, cocina... Muestra “el único cuarto que no se inundó por las últimas lluvias. ¿Queda mucho por hacer aquí? “Yo diría que todo”, responde.

Dice que no pasa miedo porque está rodeada de gente conocida. Lleva algo más de un mes ahí, “cansada de pagar arriendo en Arrecife”. “Cada día es todo más costoso y los propietarios abusan y han puesto muchas casas para el turismo”, señala. Dice que entre el alquiler y los gastos paga 900 euros al mes. Vive con su marido, sus hijos, su nuera “y uno en camino”.

“Pienso que no nos van a echar porque somos gente buena, trabajadora, que queremos tener una calidad de vida justa y aquí no vivía nadie, no le hemos quitado esto a nadie”, afirma. Dice que ahora se les va todo el dinero en invertir para arreglar la casa, pero que tienen la oportunidad de “hacer de esta zona algo bonito”.

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