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Los 40 años del Hospital de Fuerteventura, a través de la memoria de sus trabajadores

Tres antiguos empleados recuerdan los inicios del centro sanitario en octubre de 1982

Eloy Vera 0 COMENTARIOS 30/11/2022 - 07:18

El 14 de octubre de 1982 se descubrió la placa con la que se inauguraba el Hospital General de Fuerteventura. Por fin, los majoreros alcanzaban el sueño de poder contar con un centro sanitario en condiciones con el que dar respuesta al aumento poblacional que, desde hacía años, registraban las estadísticas. El nuevo recinto contaba con 120 camas, tres quirófanos, plantas de ingreso, consultas externas y un grupo de sanitarios dispuestos a seguir batallando por dignificar la sanidad en la Isla.

Tres días antes de que el Hospital General de Fuerteventura abriera sus puertas, Mari Carmen Álamo y otra enfermera que habían enviado desde la Península para montar el hospital, tuvieron que salir corriendo para el aeropuerto en busca de un avión que les acercara a Gran Canaria. El pedido con todo el material sanitario, que tenía como destino el nuevo hospital majorero, se había perdido en el camino.

Faltaban cunas para los bebés, sábanas, ropa para el personal sanitario y apenas 72 horas para que la delegación de políticos del Gobierno recalara en Fuerteventura para cortar la cinta inaugural. “Faltaban tres días para inaugurar y no había nada”, recuerda la enfermera 40 años después de aquellas semanas frenéticas.

Se subieron al avión y al llegar a Gran Canaria corrieron a El Corte Inglés y a la Central de los Uniformes. Aún no se sabía lo que era poder comprar con una tarjeta de crédito y el dinero tampoco era mucho. Al final, acabaron llamando a cada rato a Juan García Talavera, director del Insalud, para que mediara.

“Él llamaba al gobernador civil que daba la orden para que nos dieran la mercancía y nosotras lo único que dábamos era el carnet de identidad como justificante de que éramos nosotras”, señala. Hasta las once de la noche estuvieron de compras en Gran Canaria. El gobernador civil también tuvo que mediar para que la Guardia Civil custodiara la mercancía en el aeropuerto hasta que, al día siguiente, saliera el avión.

El 12 de octubre por la mañana viajaron a Fuerteventura con todo el material. Al llegar, se cerraron en el hospital a montar quirófanos, camas, las cunas de Pediatría... Mucho personal, una vez terminaba su jornada laboral, se iba al nuevo hospital a echar una mano en el montaje. Eran jornadas maratonianas que comenzaban a las ocho de la mañana y terminaban a las doce de la noche, pero no importaba. Había mucha ilusión por lo que estaba por llegar.

Mari Carmen Álamo es uno de los rostros más conocidos de la enfermería en Fuerteventura. Empezó a trabajar en junio de 1977 en el conocido como “Hospital Viejo”, más tarde convertido en Universidad Popular y hoy sede de distintas áreas del Cabildo. Junto a Lorenza Machín y Carmelo Cerpa, los tres ya jubilados, han regresado al Hospital General de Fuerteventura para recordar con Diario de Fuerteventura cómo fueron aquellos inicios de los que ahora se cumplen 40 años.

“Los inicios fueron muy duros, no teníamos personal”, dice Mari Carmen

Mari Carmen recuerda los viajes del doctor Guillermo Sánchez a Madrid para negociar la creación de un hospital en Fuerteventura. “Era una emergencia, donde estábamos no reunía las condiciones. Era un instituto donde se acopló un hospital”, apunta.

Tras años de batalla, el 14 de octubre de 1982 se inició un nuevo episodio de la historia de la sanidad en la Isla con la apertura del Hospital General de Fuerteventura. Abrió con 120 camas. La población en esos momentos ascendía a 30.000 habitantes, lo que suponía el derecho a un hospital con 60 camas, dos camas por cada mil habitantes.

La medida no convenció a los majoreros. Las autoridades sanitarias de la Isla reclamaron su condición de insularidad, una situación que mantenía a la población de Fuerteventura aislada del hospital de referencia en Gran Canaria la mitad del año, pues el aeropuerto se cerraba por la noche y se hacía imposible la evacuación hasta la mañana siguiente.

Por esa vía se logró una cama más por cada mil habitantes, recuerdan los autores del libro Historia de la medicina en Fuerteventura. Hasta el nuevo hospital se trasladaron las doce enfermeras, doce auxiliares, tres matronas y tres celadores que prestaban servicio en el “Hospital Viejo” junto a los facultativos Ángela de la Cruz, Juan Letang, José María Hernández Hierro, Santiago Santander, Pedro Madero… El primer director del hospital fue Antonio San Juan. Abrió con áreas de Maternidad, Cirugía, Pediatría, Medicina Interna, paritorios, quirófanos, consultas externas y zona de Urgencias.

Mari Carmen Álamo. 

Mari Carmen asegura que los inicios “fueron tremendamente duros porque no teníamos personal”. Ella fue desde 1982 hasta 1984 subdirectora de Enfermería. Más tarde, pasó a Ginecología y luego a Primaria hasta su jubilación. El hospital arrancó con una plantilla de 56 enfermeras y 54 auxiliares, “pero eso no daba para los turnos y libranzas”.

Al final, tuvieron que llamar a todos los Insalud de España para que hicieran un anuncio y poder cubrir la plantilla de enfermería y abrir los servicios. De esa manera, empezaron a llegar enfermeras de Galicia, País Vasco, Santander, Salamanca, Sevilla... Mari Carmen conserva decenas de anécdotas. Algunas agradables y otras menos. “Había mucha unión. Todos éramos como una familia. Por ejemplo, con la llegada de la Navidad, todo el personal se involucraba”, señala.

A pesar de contar con un nuevo hospital, seguían faltando medios. La enfermera rememora la angustia “intentando mantener vivos a los pacientes hasta que llegaba el avión para los traslados. A partir de las diez de la noche ya no venían aviones porque se cerraba el aeropuerto”.

Ella tuvo que hacer una de aquellas evacuaciones. Se trataba de una niña prematura a la que días después de nacer hubo que evacuar a Gran Canaria. Solo había una cuna portátil. Recuerda dejar el bebé en el hospital y salir a toda prisa para el aeropuerto para volver en el último vuelo a Fuerteventura. En la Isla no había más incubadoras portátiles y tenía miedo a que hiciera falta y esta no estuviera en el hospital.

Lorenza Machín estaba acostumbrada a que cada vez que pedía trabajo le dieran con la puerta en la cara. Su condición de “roja” no le ayudaba. Así fue hasta que en 1980 logró entrar como limpiadora, a media jornada, en las instalaciones del centro de Formación Profesional de la capital. Un día, mientras limpiaba, un amigo le habló de la posibilidad de presentarse a una plaza de trabajo en el nuevo hospital.

“Dije que ‘no’ porque siempre me habían dicho que ‘no’ en todos los trabajos y ahí tampoco me iban a dejar entrar”, comenta. Al final, se convenció y se presentó a las plazas de pinche de cocina, costurera y lavandera. Consiguió la de pinche en Fuerteventura. El 3 de noviembre de 1982 empezó a trabajar en la cocina del hospital.

Las ganas de seguir estudiando la animaron a las pruebas no escolarizadas para mayores de 25 años y dentro de esas pruebas estaba la de Auxiliar de Enfermería. Consiguió aprobar. Era 1992. Se pasó a la zona de Maternidad. Pero qué significa el hospital majorero para una de las mujeres más reivindicativas que ha alumbrado Fuerteventura. “Significa parte de mi vida”, asegura. Y aclara: “No me daban trabajo y entré allí con jornada completa. El padre de mis hijos era pescador y vivir de la pesca ocasionaba mucha incertidumbre, pendiente siempre de mirar cómo estaba el mar. Entré en 1982 al hospital y cobraba un buen sueldo que me aseguró estar tranquilos en casa. No pensar si la pesca era buena o no, poder dar estudios a mis hijos. Me dio estabilidad”.

“Intentábamos mantener vivos a los pacientes hasta que llegaba el avión”

Los que conocen a Lorenza saben que su entusiasmo por el activismo es solo comparable a la entrega que tiene hacia los demás. En el hospital pudo seguir ayudando a quien la necesitara. Insiste en que “cuando se entra en un hospital, se tiene que saber que no es una fábrica donde se hace una silla ni tampoco es un trabajo de ponerte delante de un ordenador. Se entra a un centro donde hay seres humanos que no están con su capacidad cien por cien. Quien los atiende debe tener conciencia que está tratando con seres humanos”.

Para Lorenza, además de asegurarle el potaje y la estabilidad económica, su incorporación al hospital le proporcionó “estabilidad emocional y psíquica. También me dio la oportunidad de hablar con los pacientes y darles la mano”.

Hace poco más de un año, la vida le sorprendió con un revés. Le diagnosticaron un cáncer de mama. Lorenza lleva años viviendo en Gran Canaria, pero ante el nuevo contratiempo optó por volver a su tierra y operarse en la Isla. “Decidí venir a Fuerteventura a operarme y darme el tratamiento para que me atendiera la gente que yo conozco”, confiesa. Quería estar cerca de su familia de sangre, pero también quería que la curara y la cuidara su otra familia, la que cultivó durante sus años en el hospital.

Lorenza defiende que las luchas del pueblo se hacen en la calle. Por eso, nunca dudó en manifestarse. Unas veces para pedir progresos para el hospital y otras para lograr mejoras para sus compañeros. Entre ellas, cuando pidieron que la plantilla de celadores incluyera a mujeres. Reconoce que hubo “momentos difíciles y de lucha” que los pagó caro por sus reivindicaciones. “Tuve castigos. Me sancionaron por reivindicar, pero detrás de ese castigo hubo apoyos a montones”.

Lorenza hace años que dejó el hospital tras pasar por los fogones de cocina, Maternidad, Pediatría y Farmacia. En los últimos años, es frecuente verla en la calle reivindicando o sobre algún escenario o delante de una cámara cumpliendo con la pasión que tiene por la interpretación. Los guiones de cine y teatro no la han hecho olvidar las anécdotas de su época como auxiliar de enfermería.

Rememora cómo, ya jubilada, fue un día a Maternidad a ver a una amiga que estaba ingresada. En la misma habitación, se encontró con dos mujeres, una era la paciente y la otra la acompañante. Esta, refiriéndose a Lorenza, le dijo a la enferma “esta mujer me hizo reír el día más triste de mi vida”. Enseguida Lorenza la reconoció. “Miré para ella y cuando vi sus ojos la reconocí. Estaba en la habitación 101, había abortado y estaba sola con su marido en la Isla. Lloraba mucho y le dije: “niña tienes unos ojos muy bonitos, no llores y ya verás cómo te queda mucha vida. Esa señora me vio y se acordó de lo que le había dicho. Me quedo con eso”.

En 1981 Carmelo Cerpa tenía 23 años. Se ganaba la vida como carpintero hasta que ese año se le presentó la posibilidad de entrar a formar parte de la plantilla del futuro hospital majorero. Ahí ha estado toda su vida hasta que el pasado octubre recibió la llamada de la jubilación. El paso del tiempo no ha conseguido borrar de su cabeza recuerdos e imágenes como la de él junto a una de las personas de mantenimiento, Paco Gordillo, taladro en mano, agujereando el techo para poner las lámparas del quirófano. “Pasamos muchas fatigas. Había mucho trabajo. Había que montarlo todo a la prisa porque nos dieron un ultimátum para abrirlo. Trabajábamos noche y día”, recuerda.

Carmelo Cerpa. 

Sin soltar el teléfono

Carmelo vio cómo llegaba el material del hospital, cómo el personal lo montaba y cómo el ministro de Sanidad y Consumo, Manuel Núñez Pérez, descubría la placa. También cómo iban llegando los distintos especialistas médicos. Había tan pocos facultativos, al principio, que tenían que hacer guardias localizadas. En cualquier momento, podía sonar el teléfono de uno de ellos porque había llegado una emergencia al hospital.

“Cuando se oía una sirena en Puerto salíamos todos. En Urgencias solo había un médico, una enfermera, un celador y una auxiliar”, recuerda. Más de una vez los celadores tenían que salir corriendo y subirse en el avión acompañando al paciente que evacuaban. “Llegué a evacuar a un enfermo psiquiátrico en el barco a Gran Canaria”, señala.

El equipo sanitario con el que arrancó el hospital tiene presente la incertidumbre y el temor que suponía esperar a que se abriera el aeropuerto para poder evacuar al enfermo. El helipuerto tardaría años en llegar. En aquellos tiempos, Arístides Hernández era el médico responsable del aeropuerto. Cada vez que había una evacuación, Carmelo tenía que recurrir a él para que le firmara las autorizaciones. “A veces, me llamaban y me tenía que levantar y correr para casa de Arístides para que me firmara los papeles para llevarme al paciente para el aeropuerto”, cuenta. “Los médicos en ese momento en la Isla, además de ser médicos, tenían que ser adivinos”, ironiza.

Apenas había medios, más allá de la sala de rayos X para las radiografías y los laboratorios. Carmelo asegura que numerosas muestras se enviaban a laboratorios de Barcelona. Comenta que “muchos médicos se iban porque no tenían medios para diagnosticar a un enfermo. En los pasillos del hospital se solía escuchar ‘no eres mejor médico por saber más, sino por acertar más veces’”.

Por suerte, todo aquello ha quedado atrás. El hospital majorero ha ido ampliando el espacio, cartera de servicios y facultativos. El último hito ha sido la instalación de un búnker de oncología radioterápica después de que unas 15.000 personas salieran en septiembre de 2016 a la calle para exigir su implantación. “Como majorero y como trabajador del hospital durante 40 años sentí un orgullo impresionante cuando empezó a funcionar el búnker. Nunca pensé que lo abrieran aquí y con el equipo del Doctor Negrín de Gran Canaria al frente”, dice Cerpa.

Para Carmelo, el Hospital de Fuerteventura ha significado “todo”. “Fue mi futuro y mi porvenir. Era un trabajo que me ilusionaba. Todos los que abrimos el hospital en 1982 lo sentíamos como algo nuestro”. Carmelo resume los 40 años de historia del centro hospitalario majorero con una frase: “El Hospital de Fuerteventura es como un buen vino que con los años ha ido cogiendo solera”.

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