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“En la guerra de Ucrania nadie va a perder o ganar, es una matanza de gente”

Nina Arehsnikova salió de Ucrania días después de empezar la guerra. Solo anhela poder traer hasta Fuerteventura a sus nietos

Eloy Vera 0 COMENTARIOS 18/05/2022 - 07:18

Nina Arehsnikova salió la noche del 9 de marzo de su pueblo y caminó durante cuatro días hasta llegar a la frontera de Polonia para desde allí coger un avión que la trajera de vuelta a Fuerteventura y poder cumplir con sus obligaciones laborales en la Isla. La guerra de Ucrania la pilló de vacaciones en su país, donde deja a sus dos hijas y nietos. Ahora, solo desea traerse a su familia, sobre todo a los nietos. Le atemoriza que alguna de las niñas caiga en manos de soldados rusos. “Allí torturan a la gente, la atan y disparan y a las mujeres las violan”, asegura preocupada.

El 24 de febrero comenzó la invasión rusa en Ucrania. Esa noche Nina estaba en su casa de Dubechne, un pueblo cerca de la frontera con Bielorrusia. Hacía días que se hablaba del inminente inicio de la guerra, pero los soldados seguían sin llegar. “Tuve miedo, pánico, temblaba por si llegaran”, asegura sentada en una cafetería de Puerto del Rosario. Cuenta su historia un viernes de abril, el día que libra en el hotel en el que trabaja. Cree que así puede ayudar a denunciar las atrocidades que el ejército de Putin realiza sobre la población ucraniana. La noche del 24 de febrero empezó a oírse el ruido de las sirenas, misiles y tanques y los sótanos y búnkeres se convirtieron en refugio de las bombas para miles de personas. Muchos se echaron a andar hacia la frontera en busca de un lugar seguro fuera del país. ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, calcula que más de cinco millones de personas han abandonado Ucrania desde que Rusia inició el ataque.

“Cuando los bielorrusos abrieron la frontera para que entrara el ejército ruso, empezamos a dormir con la ropa puesta, salvo los zapatos y la cazadora. Cogimos una bolsa y metimos en ella dos o tres cosas y la escondimos bajo tierra, fuera de nuestras viviendas, por si bombardeaban nuestras casas”, cuenta. “La gente pensaba que si venían los rusos iban a tirar las casas, pero no matarnos. Luego, empezamos a pensar que iban a matar también a las personas”, cuenta.

Nina tenía que regresar a Fuerteventura, donde reside desde 2001, para incorporarse a su puesto de trabajo en un hotel del sur de la Isla. Sin saber cómo poder llegar al aeropuerto, decidió coger la mochila y echarse a caminar sola rumbo a la frontera con Polonia. Salió llorando de su casa. Era de noche, la noche del 9 de marzo. Días después, el ejército ruso comenzó a bombardear su provincia, Lutsk.

“Los coches circulaban hacia la frontera más despacio que la gente a pie”, recuerda. Estuvo cuatro días caminando. “Las noches las pasábamos en coches, que nos dejaban para dormir. Estábamos todos apretados, pero no había hoteles”, explica.

Aún sueña con las imágenes que vio durante el trayecto. Lo más duro del viaje, asegura, “fue ver a niños sin madre ni padre, diciendo ‘mamá, papá’. Caminaban solos, con un trozo de tela cosido en la ropa donde ponía su nombre, de dónde eran y un número de teléfono”.

Nina dejó en Ucrania a dos hijas. Una de ellas vive en Dubechne junto a su marido y sus cuatro hijos y la otra en Rivne, al noroeste del país, una ciudad que protagonizó los informativos el pasado mes de marzo después de que un misil ruso destruyera una torre de televisión.

Desde que empezó la guerra habla a diario con ellas. “Desde que vengo del trabajo miro si tienen conexión a internet. Sé que si les hubiera pasado algo no iban a tener internet”. De esa manera, se queda tranquila.

Esta mujer ucraniana reconoce que “fue muy complicado salir y dejar atrás a la familia”. En todo momento, se ha planteado traérselos a Fuerteventura, pero no quieren. “Me dicen que si todo el mundo pensara como yo Rusia se quedaría con Ucrania. Se quieren quedar hasta el final”, cuenta. Al menos, le gustaría poder traerse a sus nietos. Teme que alguna de sus nietas caiga en manos de algún soldado ruso.

Nina tiene una casa en Dubechne. Se ha convertido en refugio para tres familias que huyeron de Kiev. “La gente allí está siendo muy solidaria. Les están llevando alimentos”, señala, mientras aprovecha para dar las gracias a los compañeros de trabajo que le han ayudado para que envíe dinero a Ucrania.

Nina estaba de vacaciones en Ucrania cuando comenzó la invasión rusa

La guerra también ha dejado algunas bajas en su familia. Nina ha visto cómo una de sus primas ha tenido que enterrar a su hijo, su esposa y nieto de seis años en Dnipro, una de las zonas más castigadas por la ofensiva rusa. “Ahora, se ha quedado sola”, lamenta.

De vez en cuando habla con ella. Su prima le da explicaciones sobre los bombardeos en la zona; le habla de institutos y universidades derruidas y de cómo los misiles han ido destrozando los puntos de extracción de petróleo. “Han tirado bombas sobre ellos para que nosotros pasemos hambre”, asegura, mientras denuncia cómo Rusia ha estado sacando trigo de Járkov y Zaporiyia en vagones y llevándoselo.

Nina no oculta el odio que siente hacia Rusia. Sabe que todos los rusos no piensan como Putin, pero “la mayoría sí”. Un efecto colateral de la guerra ha sido la ruptura de la relación con su hermana, que vive en Rusia. Han dejado de hablarse. “Creo que no volveremos a hablarnos más. Ella me decía que Rusia no iba a ir a la guerra. Está de parte de Putin. Dice que nosotros somos unos bandidos”.

La contienda bélica dura ya más de dos meses y nadie se atreve a poner fecha al final. “Cuando empezó la invasión, estuve tres días rezando y llorando. No pensaba que esto ocurriera. Al ver la cara triste del presidente Zelenski pensé que solo íbamos a durar tres días porque no teníamos suficientes armas. Pero, de repente, el mundo entero empezó a empujar y a ayudar enviando armas”, dice con cierto orgullo, aunque luego matiza: “Es muy duro que te den una ayuda para matar a gente. Saber que van a morir muchas personas, muchos de los tuyos”.

Peor que Hitler

Se muestra confiada en que algún día la historia pondrá en su sitio a Putin y se tendrá que enfrentar a una condena por crímenes de guerra. “Hay quien asegura que es peor que Hitler”, dice. “El ejército ruso está violando mujeres, quemando ojos, cortando orejas y lenguas a la gente. Incluso, les ata las manos y, luego, les dispara en la nuca. Es todo horrible”, cuenta aterrorizada, mientras recuerda cómo Mariúpol, la ciudad portuaria bombardeada desde hace meses, suma miles de cadáveres en, al menos, tres grandes fosas comunes a las afueras.

Nina tiene miedo de que la guerra se alargue y acabe cronificándose el conflicto. “Si desde Europa no entra alguien y para las piernas a Putin, se alargará”, expresa convencida. Y añade: “Si nos dieran las armas que necesita Ucrania” en dos semanas estaría en su tierra.

Respecto a un posible acuerdo entre las partes, asegura que con Rusia “no se puede firmar nada porque es una gente mentirosa. Están mal de la cabeza. Ellos piensan que son los mejores y el resto del mundo son los malos, pero no es así. Piensan que todo el mundo está en contra de ellos porque tienen mucho poder. Dan información que es mentira. Los rusos llevan 20 años lavando los cerebros”.

Esta residente en Fuerteventura teme que Putin termine usando armas nucleares

Se muestra satisfecha con el papel que España y el resto de los países europeos han jugado en la acogida de refugiados ucranianos. Sin embargo, reconoce estar desilusionada con la reacción de los países a la hora de enfrentarse a Rusia. En su opinión, “podían haber parado a este demonio desde el primer momento cortando, desde el principio, el petróleo y el gas. Hasta ahora están teniendo petróleo y les está entrando dinero”.

“Las medidas de la Unión Europea son a largo plazo, pero se necesitan medidas urgentes para parar la sangría de muertes. En la guerra de Ucrania nadie va a perder o ganar, es una matanza de gente”, sostiene, mientras muestra su temor a que Putin empiece a utilizar armas nucleares.

Nina reconoce la pesadilla que está suponiendo vivir el conflicto a miles de kilómetros de su país y de su familia. “Creo que, incluso, es peor desde aquí. Ellos allí ya han perdido el miedo. Durante las primeras semanas, no podían dormir por el ruido de las bombas, pero ya se han acostumbrado”, explica.

Cuando no está trabajando en el hotel, está pendiente de los medios de comunicación que informan de la guerra o buscando información en internet. Intenta detenerse solo en los textos y no ver las imágenes. “Han arrasado ya todo el país”, dice con lástima. “Al principio, me preocupaba cuando destruían colegios, universidades. Ahora lo único importante es que no siga habiendo bajas en la población civil. Se puede reconstruir y, si no, no pasa nada, lo importante es la gente”.

Sus compañeras de trabajo y amigos de la Isla le piden que se aleje un poco del caudal de información que cada día llega desde Ucrania. Nina no puede. “Mi familia está allí. Sí no sé qué pasa en Ucrania cada día me muero. Sin saberlo no puedo dormir”, reconoce. Si no tuviera que trabajar para mantener a su familia o tuviera un permiso volvería a Ucrania. “Tengo 60 años, pero me iría al ejército”, dice sin dar opción a la duda.

Nina apura el café y se lo termina. Antes de despedirse, hace una petición, “que la guerra acabe ya”. Será cuando pueda llorar. “Hasta ahora, apenas he podido llorar por la gente y por el destrozo que han hecho en mi país. Todo esto es muy duro. Ya no queda nada de Ucrania”, sentencia.

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